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Un tropezón que costó $1.5 millones

De niña, mi mamá me leía la cartilla antes de salir a cualquier lugar fuera de casa, con el propósito de evitar momentos desagradables tanto para ella en la salida como para mí, en el retorno. Frases como: “Debes ir al baño antes de salir de casa”, por ejemplo; o “no vamos a estar comprando golosinas” porque no hay dinero para eso, era lo que usualmente escuchaba como medida materna para mantenerme controlada y evitar entre otras cosas, que una cuenta por pagar indeseable se colara en el estrecho presupuesto del que disponíamos en aquel entonces.

Pixabay.com
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Sin embargo, y como el mundo cambia tan rápido que casi da la impresión de estar subidos a una centrifugadora, las frases paternas han tenido que evolucionar tanto o más que los avances tecnológicos. Por ejemplo y dado el vídeo que les presento a continuación, la frase actual tendría que ser más parecida a esto: “Si no eres el hijo de Bill Gates, no toques ese cuadro”.

Por lo visto, el problema no fue tropezarse y ser calificado de torpe, ni siquiera que la obra Flores de Paolo Porpora, estimada en un $1.5 millones y 350 años de antigüedad fuese agujereada para amortiguar la caída del niño taiwanés de 12 años, ya que gracias a la providencia divina, los padres (que seguro, sufrieron de una repentina baja de tensión y estuvieron a punto de infarto) no tuvieron que pagar por la restauración del cuadro. El problema como yo lo veo está en, ¿qué pensaban los padres del niño cuando lo llevaron de paseo a un Museo de Arte? ¿Que se divertiría hasta quedar exhausto? ¿Qué haría tantos amigos que tendría que abrir una página de Facebook y crear un grupo de Seguidores? ¿Qué la valiosa belleza del arte y su profunda complejidad quedarían adheridas a él simplemente por ósmosis?

Un consejo para los padres: lleven a su [email protected] a un parque de diversiones o al parque de la cuadra, quizás el niño se tropiece allí, pero no pasará del suelo y podrá liberar bastante de la energía que tiene acumulada.

En cuanto al Museo de Taipei me pregunto: ¿Nadie les dijo que las obras costosas deben estar protegidas por vitrinas? Precisamente para evitar este tipo de “accidentes”. Hay un refrán popular que dice: “más vale prevenir que lamentar” y eso sin duda, aplicaba a este caso.

¿Qué cree usted? ¿La culpa es del niño, de los padres o del museo?



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